Blogia

María Elena Balán/ Arca de cubania

Cabaret Tropicana: esplendor de estrellas

Cabaret Tropicana: esplendor de estrellas

Por María Elena Balán Saínz  

Quien visite Cuba y no disfrute del  capitalino cabaret Tropicana  habrá perdido la oportunidad de conocer uno de los más grandes y famosos centros nocturnos de la Isla caribeña y también del mundo, con un glamour y elegancia consolidados en sus  66 años de existencia.Tanta es su fama que  anualmente cerca de medio millón de visitantes disfrutan  del espectáculo artístico, en el cual sobresalen el donaire de sus bailarinas y  la portentosa música cubana,  unidos al atractivo ambiente que le confiere el conjunto arquitectónico, enclavado en un área donde sobresalen las palmeras, con su singular sello de cubanía. Esa cifra sobrepasa con creces  la suma de las 300 personas que, como promedio, concurrían inicialmente cada noche a aquella especie de night club inaugurado el 31 de diciembre de 1939, bajo el nombre de Beau Site, aunque 12 meses después fue bautizado como Tropicana, en alusión a una pieza musical.Transcurridas seis y media décadas desde su apertura, Tropicana se ha convertido en un complejo de instalaciones que oferta  la opción de conocer lo mejor de la música cubana y de degustar deliciosos cócteles y platos de inimitable sabor.Cuenta con el Salón Bajo las Estrellas, lugar de ensueños donde la vegetación es parte de un siempre gigantesco espectáculo musical y en el cual casi 1 000 espectadores en cada jornada disfrutan de bailes afrocubanos, voces nacionales e internacionales de calidad inigualable, así como del habano y del ron cubanos. Allí suelen presentarse hasta más de 200 bailarinas en el escenario, ataviadas con singulares adornos para danzar con el más puro y genuino sabor cubano.A ese sitio se suman el restaurante Los Jardines y el bohemio Café Rodney, cuyo nombre rinde homenaje a Roderico Neyra, simplemente conocido como Rodney El Mago, quien dirigió en otros tiempos el espectáculo artístico de una manera muy peculiar, lo cual influyó en el esplendor  y la fama de la instalación.Tropicana  posee además el salón "Arcos de Cristal", donde puede bailarse con orquestas en vivo y una deliciosa cocina y coctelería cubanasEn este emblemático cabaret se presentaron artistas de renombre como Nat King Cole, Josephine Baker, Xavier Cugat, los Chavales de España, Carmen Miranda, Pedro Vargas, Libertad Lamarque, Tania Libertad, Alejandra Guzmán, Cheo Feliciano, Celia Cruz, Olga Guillot, Rita Montaner y  Bola de Nieve, entre otros, Caracterizado por la belleza de sus instalaciones, el virtuosismo de sus bailarinas, la magnificencia de sus espectáculos y muchos otros atributos, el cabaret Tropicana recibió la condición de Monumento Nacional en el año 2002, según Decreto 178 del Consejo Nacional de Monumentos de Cuba. ¿CÓMO SURGIÓ TROPICANA? Cuentan que cuando el mundo sufría la recesión económica de la década de 1930, un empresario de origen italiano llamado Víctor Correa, muy experimentado en negocios vinculados al espectáculo, concibió la idea de transformar la hacienda Villa Mina, en la  entonces sub-urbana barriada de Marianao en un centro de recreación artística y musical.Quiso que se mantuviera como uno de sus atractivos  la frondosa arboleda, donde sobresalía la palma real, árbol nacional de Cuba,  y  que se proyectara un escenario al aire libre, dadas las bondades del clima de la Isla.El cabaret venía a ser como una inusual versión tropical del parisino Folies Bergere, insertado en el ambiente paradisíaco tropical de una hacienda habanera. No fueron muchos los empresarios de aquella época que apostaron por un futuro promisorio para el intento de  Correa de crear un inusual night club en aquel lugar.Sin embargo, el embrujo y la fama  alcanzados no dejó dudas de que se trataba de un gran negocio, que cualquier hombre acaudalado no dudaría en adquirirlo.Fue así que a finales de la década de 1940 pasó a manos de Martín Fox, conocido como uno de los zares de los juegos de azar. Él dispuso la remodelación y ampliación del local, sin que se cambiara la concepción del escenario bajo los árboles. Soo se adicionaron otros elementos.Un detalle interesante  era la plataforma donde se presentaba el espectáculo,. accionada por un mecanismo que al terminar la presentación de los artistas, la bajaban desde la altura donde actuaban estos y la emparejaban con el piso, para que el público asistente pudiera bailar en ella, al compás de la orquesta.Fue precisamente en los años 40 de la pasada centuria, el 31 de diciembre de 1949 para ser más exactos, cuando a la ya famosa instalación le fue instalada en su entrada una escultura llamada Ballerina, realizada por la prestigiosa artista cubana de la plástica Rita Longa.El arquitecto Max Borges (hijo) —encargado de las obras de remodelación de la instalación— pensó en la referida escultora para que creara una figura con la cual se decorara el estanque a la entrada. Aunque parezca paradójico, Longa prefirió concebir una grácil bailarina de danza clásica. Desde hace 56 años sirve de anfitriona, como queriendo expresar que el espíritu de la danza no tiene fronteras.Se suma a ese conjunto escultórico otra obra que confiere igualmente valores culturales a Tropicana. Se trata de La “Fuente de las ninfas”, del artista Aldo Gamba.El cabaret Tropicana es, hoy por hoy, uno de los más grandes y famosos centros nocturnos de Cuba y también del mundo, que se ha multiplicado tanto en la Isla como en el exterior.Bajo ese mismo nombre y con espectáculos similares ha surgido este tipo de instalación en la ciudad de Matanzas, muy cercana al famoso balneario de Varadero, así como en la oriental provincia de Santiago de Cuba.Igualmente en Islas Canarias y en Santiago de Chile existen centros nocturnos, donde elencos artísticos cubanos multiplican la fama de un cabaret que clasifica entre los más atractivos del orbe.Preferido por hombres de negocios y amantes del buen tabaco, Tropicana acoge cada año en su enclave habanero de la barriada de Marianao, al Festival Internacional del Habano.  

Antonio Maceo: afición por los caballos

Antonio Maceo: afición por los caballos

   Por María Elena Balán Saínz

  

   Aún cuando era un niño y sus cortas piernas todavía no alcanzaban los estribos, ya Antonio Maceo se perfilaba como un buen jinete. Con una gallardía y distinción innatas, tomaba las bridas del caballo, bajo las alentadoras lecciones de su padre Marcos, quien enseñó a todos los hijos de él y de Mariana, las artes de la equitación, la esgrima y el tiro.    Creció Antonio y con él su habilidad en esas tres vertientes. El elegante mulato, mezcla de sangre venezolana y dominicana, montó entonces muy buenos caballos, regalados por su progenitor y, el mejor de ellos, aquel que utilizaba para sus paseos, lo convirtió en un guerrero corcel, con el que se incorporó a la gesta independentista cubana en 1868, al igual que sus hermanos José y Justo y su padre Marcos. Luego se iría incorporando el resto de la familia.    Más de un caballo y una montura hubo de tener el Lugarteniente General Antonio Maceo a lo largo de las guerras de independencia de Cuba. En la última de las contiendas, aquella que fue modelada con manos de sabio escultor por José Martí, el Titán de Bronce como le llamaban a Antonio, tenía una silla de montar con estrellas de plata, según la vio el Héroe Nacional cubano el cinco de mayo de  1895, en un primer encuentro en la Isla, días después de su desembarco por Playitas de Cajobabo.    En esa ocasión  Martí escribió en su Diario de Campaña acerca del lugar donde se habían citado con Maceo, adonde no pudieron arribar a la hora a la que fueron citados. Iban de prisa él y el Generalísimo Máximo Gómez, hasta que llegaron al campamento del General mambí.    Martí describió al Titán de la siguiente forma: Maceo con un caballo dorado, en traje de holanda grís, ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas.

   

 EL COMBATE FINAL

    

El siete de diciembre de 1896, cuando las tropas españolas sorprendieron a las fuerzas de Antonio Maceo en la zona habanera de San Pedro, relata José Miró Argenter que Maceo necesitó diez minutos para vestirse del todo, ceñirse el cinturón que sostenía el machete y el revólver, y ensillar el caballo, faena que practicaba personalmente en los casos bélicos para estar seguro sobre los estribos.    Al hallarse en situación de combatiente, tocando con sus manos los arreos y convencido de que nada le faltaba, desenvainó el machete y con un ademán terrible mostró la senda de la batalla a los más conocedores del terreno. ¡Por aquí! –dijo en tono imperioso-, y expoleó el corcel.    Esa fue la última vez que montaría su caballo y utilizaría su montura, de la cual no se dan detalles de sus características.     Muchas incógnitas surgen entonces, sobre cuál sería realmente la montura que utilizó Maceo, si la que se exhibe en el Museo Bacardí de Santiago de Cuba, donada por Miró Argenter, o la que fue entregada al Museo de la Ciudad, en el centro histórico de La Habana, por autoridades de España.    Especialistas en el tema, como el doctor Eusebio Leal, considera que la auténtica está en el Bacardí.    Sin embargo, reconocen que la expuesta en la instalación cultural habanera representa todo un símbolo histórico y constituye una pieza de gran valor que puede ser admirada por  quienes visiten el lugar.   omo un buen jinete. Con una gallardía y distinción innatas, tomaba las bridas del caballo, bajo las alentadoras lecciones de su padre Marcos, quien enseñó a todos los hijos de él y de Mariana, las artes de la equitación, la esgrima y el tiro. Creció Antonio y con él su habilidad en esas tres vertientes. El elegante mulato, mezcla de sangre venezolana y dominicana, montó entonces muy buenos caballos, regalados por su progenitor y, el mejor de ellos, aquel que utilizaba para sus paseos, lo convirtió en un guerrero corcel, con el que se incorporó a la gesta independentista cubana en 1868, al igual que sus hermanos José y Justo y su padre Marcos. Luego se iría incorporando el resto de la familia. Más de un caballo y una montura hubo de tener el Lugarteniente General Antonio Maceo a lo largo de las guerras de independencia de Cuba. En la última de las contiendas, aquella que fue modelada con manos de sabio escultor por José Martí, el Titán de Bronce como le llamaban a Antonio, tenía una silla de montar con estrellas de plata, según la vio el Héroe Nacional cubano el cinco de mayo de 1895, en un primer encuentro en la Isla, días después de su desembarco por Playitas de Cajobabo. En esa ocasión Martí escribió en su Diario de Campaña acerca del lugar donde se habían citado con Maceo, adonde no pudieron arribar a la hora a la que fueron citados. Iban de prisa él y el Generalísimo Máximo Gómez, hasta que llegaron al campamento del General mambí. Martí describió al Titán de la siguiente forma: Maceo con un caballo dorado, en traje de holanda grís, ya tiene plata la silla, airosa y con estrellas. EL COMBATE FINAL El siete de diciembre de 1896, cuando las tropas españolas sorprendieron a las fuerzas de Antonio Maceo en la zona habanera de San Pedro, relata José Miró Argenter que Maceo necesitó diez minutos para vestirse del todo, ceñirse el cinturón que sostenía el machete y el revólver, y ensillar el caballo, faena que practicaba personalmente en los casos bélicos para estar seguro sobre los estribos. Al hallarse en situación de combatiente, tocando con sus manos los arreos y convencido de que nada le faltaba, desenvainó el machete y con un ademán terrible mostró la senda de la batalla a los más conocedores del terreno. ¡Por aquí! –dijo en tono imperioso-, y expoleó el corcel. Esa fue la última vez que montaría su caballo y utilizaría su montura, de la cual no se dan detalles de sus características. Muchas incógnitas surgen entonces, sobre cuál sería realmente la montura que utilizó Maceo, si la que se exhibe en el Museo Bacardí de Santiago de Cuba, donada por Miró Argenter, o la que fue entregada al Museo de la Ciudad, en el centro histórico de La Habana, por autoridades de España. Especialistas en el tema, como el doctor Eusebio Leal, considera que la auténtica está en el Bacardí. Sin embargo, reconocen que la expuesta en la instalación cultural habanera representa todo un símbolo histórico y constituye una pieza de gran valor que puede ser admirada por quienes visiten el lugar.

Evidencias arqueológicas unen a Cuba y Yucatán

Evidencias arqueológicas unen a Cuba y Yucatán

Por María Elena Balán Saínz

 

   En Cuba resulta común definir a una persona como campechana cuando se quiere destacar su bondad, trato afable y carácter diáfano.

   Las raíces de tal reconocimiento datan de épocas tan remotas como el siglo XVI, cuando desde el puerto de Campeche, en la península de Yucatán, partían barcos cargados con individuos procedentes de esa región, los cuales eran traídos a la isla caribeña.

   Investigaciones de las arqueólogas cubanas Karen Mahé Lugo y Sonia Menéndez, del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, permitieron conocer detalles del contacto entre Mesoamérica y la otrora villa de San Cristóbal de La Habana.

  Hay que recordar que la llegada de los colonizadores españoles a la península de Yucatán fue en 1517, con Francisco Hernández de Córdoba al frente de la expedición enviada desde Cuba por el Adelantado Diego Velásquez, quien organizó la conquista de México.

   Un año después pasó por Yucatán Juan de Grijalva y posteriormente Hernán Cortés.

   Como desde 1509 existía una Real Cédula que autorizaba la importación a Cuba de indios de las islas cercanas a La Española, se deduce que fue Hernández de Córdova el primero en enviar yucatecos a la mayor de las Antillas.

    Pasados unos años, en 1526, Francisco de Montejo quedó al frente de la conquista de Yucatán y se le confirió el derecho a esclavizar a los indios que no estuvieran a favor del Rey y de la iglesia y también a aquellos que resultaban prisioneros de otras tribus.

   Posteriormente, Montejo estableció vínculos con Juan de Lerma, un comerciante y rico naviero, que enviaba mano de obra a Cuba y La Española.

   Pero los estudios sobre el tema señalan que no fue ésta la única vía de la llegada de los yucatecos a Cuba. Existió también un intercambio que establecía parámetros de cien indios a razón de un caballo.

  Igualmente se estima que lo corsarios y piratas traficaron con indios yucatecos en el siglo XVII, y tuvieron en Campeche un punto de acoso sistemático para abastecerse además de miel, cera, sal y el entonces famoso palo de tinte.

   Transcurridos los años y ya  en el período de 1846 a 1860, ante la carencia de mano de obra que venía cada vez menos desde África, los hacendados cubanos volvieron a proveerse de individuos procedentes de Yucatán.

  Fue el Benemérito Benito Juárez, en 1861, quien defendió a los indios y prohibió ese mercado humano.

 

BARRIO DE CAMPECHE EN LA HABANA

 

   Aunque se conoce que los yucatecos llegaron a diversos puntos de la geografía cubana, fue en San Cristóbal de La Habana donde se estableció, en la parte amurallada al sur de la ciudad, un barrio que se denominó Campeche.

  Estaba formado por chozas humildes y parcelas de labranza, donde vivían personas procedentes de Yucatán, a quienes se les denominaba como campechanos por el puerto desde el que partieron, aunque tal vez todos no lo fueran.

   Precisamente en parte de la zona que ocupó ese barrio, las arqueólogas cubanas Karen Mahé Lugo y Sonia Menéndez, del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, encontraron evidencias que unen a Cuba y Yucatán.

    Se trata de una cerámica conocida como México pintado de rojo, considerada como la alfarería foránea de tradición pre-hispánica más importante.. Sus restos se encontraron en varios inmuebles y en el convento de San Francisco de Asís. Entre ellos hay cántaros, cuencos, jarros y platos, con decoraciones.

  Esas piezas se exhiben en el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana y en el convento de San Francisco de Asís.

   Las investigadoras destacan asimismo, la abundante presencia  de material volcánico, que vincula los hallazgos con México.

   Estiman que el establecimiento del barrio de Campeche, en fecha anterior a 1564, según consta en actas del Cabildo, trajo aparejada la necesidad de sus pobladores de vasijas para uso personal y doméstico, que bien pudieron traer en sus viajes por barco y otros haberlos elaborado en territorio cubano.

   Parte de ese menaje utilitario, exhumado en las excavaciones arqueológicas en la Habana Vieja, responde a contextos muy tempranos, algunos con motivos que evidencian su filiación mesoamericana. Otros, cuya ubicación contextual trasciende el siglo XVII, cuentan con variaciones decorativas que los acercan al modo de hacer de los europeos.

   No obstante esa diversidad decorativa, en su factura se mantiene un mismo patrón tecnológico, lo que asevera una continuidad productiva sustentada por siglos de tradición.

   Lo más importante de esos hallazgos y de otros como raspadores de maíz hechos de rocas volcánicas, así como de restos de dietas en los que se incluye el caracol,  es que demuestran la presencia de indios yucatecos en la antigua Habana.

   Se afirma que ellos trabajaron en el servicio doméstico en casas de personas adineradas, en labores agrícolas y constructivas, así como en el cuidado y protección de la ciudad.

    Estas evidencias arqueológicas unen aún más a Cuba y Yucatán.

  

 

Alberto inició la temporada ciclónica

Por María Elena Balán Saínz  

Cuando empieza junio los cubanos de inmediato nos ponemos en alerta, porque se inicia una temporada que puede traernos algún que otro ciclón tropical, con mucho viento y abundantes lluvias. La posibilidad de que se registren este año en Cuba ciclones tropicales estará por encima de la media histórica,  para la zona atlántica en general, lo cual tiene que ver con la ausencia del fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENOS) y el calentamiento de las aguas en el Atlántico y el Caribe. 

 La temporada ciclónica en Cuba durante el 2005 fue muy activa, similar a la del año anterior, y en este 2006 se espera que al menos un fenómeno meteorológico de alguna intensidad dañe el archipiélago.

Las predicciones de los huracanes realizadas en la Isla se basan en el comportamiento de las condiciones oceánicas y atmosféricas fundamentales que regulan la actividad ciclónica en la cuenca atlántica.

Ya en la primera quincena de este mes de junio hemos sentido los efectos de la tormenta tropical Alberto, el primer fenómeno atmosférico que ha dejado una amplia estela de lluvias, no sólo en la capital cubana, sino también en otras provincias.

Desde el fin de semana se sintieron de forma permanente las precipitaciones, con una pertinaz lluvia que se extendió hasta este lunes 12 de junio, cuando para trasladarse a los centros laborales o las escuelas hubo que protegerse con capas de nylon y paraguas. La tarde en sus primeras horas dejó ver unos tímidos rayos de sol, que luego fueron languideciendo para dejarnos bajo un cielo gris plomizo.

 Hasta noviembre Cuba está expuesta a la posibilidad del paso de algún ciclón tropical, que no es más que un sistema de baja presión que se desarrolla sobre las aguas cálidas de los océanos tropicales y presentan una circulación o movimiento circular, bien definido alrededor de una zona central con presión más baja.

En nuestros días, cuando va a comenzar una temporada ciclónica se da a conocer un listado de nombres,  femeninos y masculinos,  cuidando del orden alfabético.¿Pero siempre fue igual? ¿Desde cuándo comenzó a llevarse ese control de los ciclones  y a darles un nombre?

Se afirma que los primeros registros históricos de los huracanes vienen de las escrituras de los  navegantes del mundo y del primero que se tiene conocimiento fue del ocurrido en 1508, al que se le llamó San Roque.Bajo la influencia de la iglesia católica se inició el proceso de darle una denominación de esos meteoros, y se escogió el del santo que aparecía  en el almanaque el día que pasaba el ciclón por el país en cuestión.

Ese sistema se utilizó por cientos de años, pero resultó problemático, ya que ocurrieron muchos fenómenos de este tipo en la misma fecha, en diferentes años, y eso creaba confusión.De ahí que en Puerto Rico, por ejemplo, hubieran registros de cinco huracanes llamados San Mateo, ocurridos un 24 de septiembre, pero en años diferentes, que iban desde 1575 hasta mil 949.   

¿CON NOMBRE DE MUJER? 

  No se sabe si por despecho hacia las mujeres, o tal vez por una sublime veneración, pero poco antes del el siglo diecinueve, el meteorólogo australiano, Clement Wragge, comenzó a ponerle nombres femeninos a los huracanes y esa iniciativa se consolidó realmente en la centuria del veinte, cuando la Segunda Guerra Mundial. 

En 1944 se había publicado el libro Storm, de George Stewart, el cual tuvo mucha influencia entre los especialistas en meteorología de la marina y fuerza aérea de Estados Unidos, quienes siguieron la tradición de llamar a los ciclones con los apelativos de mujer.

Fue en el año 1951 que se instituye la denominación de los huracanes siguiendo las letras del alfabeto, pero esa práctica se desechó a los dos años porque cambió el alfabeto internacional y  se repetían los nombres asignados a los huracanes.

Durante 1953 los servicios nacionales de meteorología empiezan a usar oficialmente los nombres de mujeres y ya en 1978 se inicia la denominación masculina y femenina, de forma alternada, en los países que habitan el Pacífico Norte, una práctica que fue asimilada por los que bordean el Atlántico Norte en 1979. 

¿CÓMO SE HACE AHORA? 

  En la actualidad,  se redactan seis listas de nombres en orden alfabético, que incluyen femeninos y masculinos, de manera alternada, y se repiten al séptimo año.  Es decir que este año utilizaremos los que rigieron en 1999.

 El primero ha sido  Alberto, que hasta el momento de redactar este trabajo no había alcanzado categoría de huracán y solamente dejó en la Mayor Isla del Caribe mucha lluvia, con un buen acumulado en las presas y embalses. 

  ¡Ah! como algo curioso, debemos añadir que la Organización Mundial de Meteorología tiene la potestad de retirar de los listados que se repiten, a aquellos nombres de huracanes que hayan dejado una estela de muerte y destrucción, como el Hugo o Andrew. En su lugar se ponen otros nombres que empiecen por esa letra del alfabeto.

Carlos Enríquez y el Hurón Azul

Carlos Enríquez y el Hurón Azul

Por María Elena Balán Saínz   

Un ambiente cargado de misticismo y leyenda envuelve la que fue vivienda y estudio del pintor Carlos Enríquez, uno de los mayores exponentes de las artes plásticas cubanas en la primera mitad del siglo XX.  La curiosa vivienda fue construida bajo la inspiración de una estación de trenes de Pennsylvania, y el artista la bautizó con el nombre de El Hurón Azul, en alusión a una piel de ese roedor que curtió y luego pintó del mencionado color.   Después de casi medio siglo de su fallecimiento, ocurrido el dos de mayo de 1957, la casa donde recibió a intelectuales, diplomáticos y otros amigos y en la cual tuvo de modelos a tres hermosas mujeres (Sara, Eva y Germaine), está abierta al público como uno de los patrimonios culturales más apreciados en la capital cubana.   Sin embargo, tiene muy poca divulgación en las opcionales que se les presentan a los turistas que visitan La Habana, a pesar de que ese sitio constituye un buen exponente no solo del turismo cultural, sino también de naturaleza en la periferia de la ciudad.    La singular vivienda se enseñorea en un primer plano, a la entrada de la pequeña hacienda, donde el halo místico que la distingue ha dado cabida a los rumores de la vecindad, que afirma ver en noches claras los cuerpos desnudos de Carlos y Eva, una de sus esposas, paseando entre los arbustos.   Quizás tales creencias hayan surgido por la sensualidad y el exotismo que el pintor reflejó en sus obras, como se aprecia en la pintura mural Las bañistas de la laguna, que se conserva en la salita de la casa y destaca el hermoso cuerpo de la francesa Eva,  a quien también le hizo otros cuadros como Eva desnuda.   Aparece en ese recinto un retrato de Germaine, otra de sus esposas, y en el que sobresale aún por encima del brazo la transparencia de sus senos.   Desde la salita se sube por una escalera de madera hasta la habitación que sirvió de estudio a Carlos Enríquez.    A Alberto Valcárcel, especialista de la casa museo, le preguntamos por las curiosas huellas de los pies del pintor que permanecen, pese a los años, en los escalones y que han dado paso a diversas versiones.   Una de ellas es la de Sara Cheméndez, la bella muchacha que a partir de los 15 años de edad, en la década de 1930, posó para Carlos Enríquez y le inspiró la famosa obra El Rapto de las mulatas.  Contaba Sara que un día, cuando el artista descansaba en una hamaca amarrada en el patio, la soga se partió y él cayó al suelo. La joven, que lo miraba a través de una ventana desde lo alto, dio un grito y Carlos subió las escaleras corriendo.  En la prisa puso los pies en una bandeja de pintura amarilla y sus huellas se quedaron marcadas en los escalones.   Según nos relató Alberto  Valcárcel, se dice también que Carlos fue pintando y provocando las huellas, para luego dejarlas solo veladamente como algo perceptible, pero a la vez tenue.    Señala que signos cabalísticos permanecen encima de la puerta de entrada, lo cual se identifica como su carta astral. También quedaron las evidencias de las botellas de cerveza que enterraba en el jardín, después de ser consumido su contenido.  Nos dice que entre pinturas y dibujos, incluyendo los bocetos, en la casa museo se conservan más de 140 obras originales de Carlos Enríquez, mientras otras permanecen en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, y en colecciones personales tanto en Cuba como en otros países.   Apunta que el artista no puede ser identificado solamente como el pintor de la sensualidad y las transparencias, pues fue también un gran retratista y  un hombre que a través del pincel y el óleo denunció los males de la república en su tiempo, como lo evidencia su obra Combate y otras.  PERSONALIDADES  VISITARON EL HURÓN AZUL  La casa de Carlos Enríquez, ubicada en la calle Paz, entre Constancia y Lindero, Párraga, municipio de Arroyo Naranjo, a unos 10 kilómetros del centro urbano de la capital cubana, fue visitada en otros tiempos por personalidades y según citan los cronistas allí se habló en seis lenguas diferentes, tanta era la fama y el interés que despertaba la obra del artista y su forma peculiar de tratar a sus invitados.  Lo que más brillaba de la intelectualidad de la primera mitad del siglo XX estuvo en la hacienda, entre ellos el venezolano Rómulo Gallegos y el español Juan Ramón Jiménez, pues Carlos Enríquez además de pintor fue escritor.  Hombre calificado como un bohemio, rebelde por naturaleza, atrapó a través del pincel, el óleo o la acuarela la naturaleza exuberante del trópico, la sensualidad femenina, las tradiciones del hombre de campo.  Ejemplo sobresaliente de lo anterior es el cuadro El rapto de las mulatas, para el que mandó a fustigar un caballo, mientras su joven modelo, Sara Cheméndez fue atada al corcel, con el fin de lograr una imagen real.  Pero también fue Carlos Enríquez un hombre de premoniciones y no le gustaba aceptar homenajes. Sin embargo, cuando en 1957 se decidió a inaugurar una muestra personal, estando ya muy enfermo y arruinado, la muerte le sorprendió el dos de mayo, cuando faltaba muy poco para la inauguración.  Murió pintando en su casita de El Hurón Azul, esa misma que conserva su legado y que resulta un sitio de singular interés. 

La Habana, ciudad de encantos

La Habana, ciudad de encantos

Por:María Elena Balán Saínz

La Habana es una ciudad llena de magia, portadora de numerosos encantos que apuesta por su propia  realización.Cuenta con muchas  barriadas como El Vedado, Regla, Guanabacoa, Miramar,  y también lo que se conoce como La Habana colonial, que abarca una extensión de unos 2,2 kilómetros cuadrados con particularidades muy singulares en su arquitectura, sus tradiciones, su cultura..Tiene valores tangibles y no tangibles, con numerosas  plazas, fortalezas, museos, restos de la muralla que en otras centurias la protegió de corsarios y piratas, así como antiguos palacetes y casas señoriales. Una parte del Malecón, en sus primeras 14 manzanas, constituyen  la antesala para entrar al Centro Histórico de La Habana Vieja, lo cual resulta otro de los atractivos de esta urbe.Paseos como el Prado representan un corredor con valores arquitectónicos y urbanos, al igual que la calle Obispo, ubicada  entre las más emblemáticas, así como la avenida del puerto y el Barrio Chino, espacios vinculados a la Oficina del Historiador de la Ciudad.Sin dudas, la referida Oficina, que preside el doctor Eusebio Leal Spengler, desempeña un liderazgo importante a fin de garantizar la restauración, la supervivencia de las instituciones culturales y el mejoramiento del nivel de vida de la población.Porque hay que destacar en toda su justeza que la vieja Habana no es un gran museo inerte, tampoco un bazar para turistas simplemente, ni una institución mercantil. Por el contrario, su proyección es eminentemente humana.De ahí que la ciudad siga viviendo dignificada, preservada por sus propios habitantes, recuperada en sus perfiles, en sus aportes estéticos, en su ambiente acogedor, con su porte señorial y majestuoso.